noviembre 28, 2009

Lapsus


Actualmente, los escritores de este blog están muy ocupados realizando sacrificios humanos a los dioses primigenios para poder pasar todos los ramos.
¡Pronto, SOBREGUARENES volverá con más!
Quédense en sintonía.


SG team.

octubre 04, 2009

Verónica


Carlos soltó la copa. Ésta rodó media habitación hasta los pies descalzos de Verónica, cesando allí el murmullo chirriante del cristal sobre la madera. Carlos se desplomó rebotando sobre el suelo, rompiéndose la nariz en ello. Andrés, tras él, reprimió un grito, exhaló un susurro ahogado. Retrocedió torpemente, alejándose del umbral de la habitación, bajó las escaleras de dos saltos y escapó por la puerta principal, subió a la camioneta a penas coordinando las piernas, aceleró en cuanto pudo. El arranque desesperado de la camioneta escarlata alertó a Joaquín y a María, vecinos que a esas horas de la noche solían pasear a su perro pastor alemán por toda la manzana, justo antes de dormir. Impactados por la escena sucedida frente a ellos, y movidos por la curiosidad, se acercaron a la casa de Verónica y Carlos, ésta cedió ante un leve empujón, revelando la penumbra y quietud del interior. El pastor alemán fue el primero en entrar, con la lengua afuera y lleno de alegría guiaba el camino de sus amos, pero su temple cambió a penas olfateó la atmósfera densa y fría que parecía arrastrarse escalera abajo desde el segundo piso. Dando saltos, empujando con fuerza, logró librarse de la mano descuidada que sujetaba la cadena que rodeaba su pescuezo. Subió las escaleras tan desesperado, envuelto en ladridos y jadeo, que Joaquín y María se estrecharon preocupados, en un abrazo instintivo, buscando el resguardo, al sentir de pronto un viento frío calando las fibras de sus ropas, parecieron sentir la misma preocupación, parecieron ahora inmiscuidos en la misma atmósfera que la de su mascota. El perro ascendió, y en una confusión y golpeteo de patas sobre la madera ancestral, giró no más que respondiéndole a su olfato y entró a la primera puerta que estaba frente a él. Un nuevo soplido, más fuerte y frío que el anterior, logró tensionar más el abrazo de Joaquín y María, cuando un golpe seco, como un filo estancándose en un árbol grueso, acabó con el ladrido incesante, ladrido que no había dejado de reproducirse cada vez con mayor intensidad y menor pausa. Un último chillido del animal, un grito prisionero pidiendo ayuda, y otro golpe, esta vez húmedo, resbaladizo, y nuevamente el silencio exasperante. María se tragó su llanto, su garganta se secó y descoció, la curiosidad se había convertido en terror y en pena por lo que le hubiese ocurrido a su mascota, recuerdo de su padre y única herencia de una relación disfuncional. Estática bajo la entrada, presionó a su esposo y éste se aventuró hacia los escalones desquebrajados por el tiempo, no sin antes expresar su aversión tras una mueca de disgusto y preocupación hacia su amada. Se detuvo en el cuarto escalón cuando, violando el silencio que reinaba, una puerta del segundo piso se cerró de golpe, provocando que el palpitar se duplicara en él y el miedo petrificara aún más los músculos de ella. “Espera aquí… no se te ocurra subir”, dijo, antes de perderse lentamente en la altura, escalón sobre escalón, fuera del alcance visual, que la escalera y el segundo piso le otorgaban a María. Ya arriba, en lo que puede definirse como un acto de inercia o un acto de percepción extrasensorial, dobló a la izquierda, se acercó a la primera puerta cerrada frente a él, posando la mano sobre el picaporte, girándolo nervioso, aventurándose a abrir, exigiéndole demasiado a su edad, adentrándose en la habitación que una vez fuera de Pablo, hijo recientemente fallecido de Verónica y Carlos.

María se atrevió a subir dos escalones, ampliando su ángulo visual, saciando la necesidad de ver a su esposo acercarse a la habitación, grande fue su impresión cuando lo notó entrar como hipnotizado por un agradable aroma, más cuando la puerta de la habitación pareció cerrarse automática tras él. No aguantó el nudo que se le estancó en la garganta y subió lo más rápido que pudo, golpeó la puerta y gritó su nombre, pero no recibió respuesta. Dentro, Joaquín había perdido el habla, sus intestinos se le retorcieron, sintió la urgencia de vomitar. A medio metro de él, el Coke, su pastor alemán, estaba echado sobre el suelo con la cabeza abierta por un hachazo, en efecto, el hacha aún estaba incrustada en su cráneo y parecía unirlo a la madera. El cuerpo de Carlos, tendido, abierto y vaciado de tórax, le hacía compañía. Junto a la cama, estaba Verónica, arodillada, con movimientos erráticos y desesperados de ambos brazos parecía rendir tributo a extraños dioses, regurgitaba exclamaciones en voz baja, inarmónicas pero no improvisadas. La presencia de un cuerpo extraño sobre la cama advirtió aún más al terror de Joaquín, quien en un acto de locura y estupidez, avanzó varios pasos para inspeccionar. Un cuerpo desteñido y despellejado se pudría y exudaba un líquido negrusco sobre el cubrecama, en el estómago abierto de éste, Verónica depositaba los órganos extraídos de Carlos, su esposo. Los acomodaba sin orden alguno más que el dictado por su propio capricho y conveniencia, empujándolos para que cupieran todos como quien rellena un espantapájaros para espantar cuervos. Sobre el velador, esperaba una gran madeja de hilo grueso atado al extremo de un filo brillante similar a un trozo de cristal cortado con gran precisión. La mujer, en un espasmo muscular, giró la vista hasta Joaquín, éste se la quedó mirando casi sin reconocer los ojos enrojecidos y abultadas arrugas que hace días parecían no estar allí. La vista desorbitada de Verónica logró reconocerlo, en un dejo de cordura, y en silencio giró nuevamente para seguir apretujando los intestinos, vísceras y sangre dentro del cuerpo tendido ante ella. Un murmullo ahora entendible y proveniente de la agitada mujer terminó por aterrorizar a Joaquín: “necesita órganos frescos”, dijo, “necesita volver a la vida”.


Joaquín despertó en una ambulancia sólo para volver a desmayarse y reincorporarse dos semanas más tarde en la Clínica Alemana de Temuco. Parte de un equipo forense insistió en hablar con él, aún estando internado y en observación. Mucho más no pudieron obtener de su testimonio, sólo explicó ser testigo de los hechos que ellos mismos habían podido corroborar, y en cambio se ocuparon de aclarar las dudas que en él había. La tarde del miércoles, hace dos semanas, Carlos acababa de recoger a su hermano Andrés en el ferroviario. Le había pedido éste que en sus facultades de psicólogo lo ayudara con Verónica, quien desde la muerte de Pablo, en lo que había sido un desastroso e infortunado accidente de tránsito, no había podido conciliar el sueño, comenzando a presentar también un comportamiento irregular. Los forenses tomaron una pausa antes de proseguir, Joaquín no parecía demasiado asombrado, hace varios paseos nocturnos había cruzado palabras con Verónica quien, somnolienta, apenas conciente de lo que decía, le había dejado en claro el sufrimiento que padecía en lo profundo. En vista de las circunstancias, para Joaquín sólo una lógica, tan devastadora como ineludible, podía corresponder al cuerpo añejo y descolorido que vio sobre la cama aquel miércoles, y los forenses se encargaron de justificárselo: se trataba del cadáver desenterrado y abierto de su hijo Pablo. Joaquín cerró ambos ojos al escuchar que sus temores eran ciertos, tomó su calva y removió la piel desquebrajada de sus facciones, residuo de los catorce días que había pasado inconsciente. Pidió saber más, y así sus deseos fueron cumplidos, los forenses parecían simpatizar con él, aún cuando mucha de la información tenía carácter de reservada. Javier Morales, líder de la investigación en curso, pidió a quines lo acompañaran que lo dejaran a solas con Joaquín. Así lo hicieron, y Javier tomó la palabra: “Cuando Carlos y Andrés llegaron del aeropuerto, la luz no funcionaba, los switchs del tablero principal parecían haberse fundido pero esto no llamó particularmente la atención de los dos hermanos, quienes se sirvieron una copa de ron, en plena penumbra, antes de buscar a Verónica por toda la casa. No la encontraron en ningún lugar, fue cuando se les ocurrió investigar en el último sitio donde podía haber estado: la pieza de su hijo Pablo, sitio al que Verónica no había podido ni siquiera acercarse desde el fallecimiento de éste, según palabras que el mismo Carlos le había hecho saber a Andrés. Cuando entraron y vieron la escena, que debió ser la misma que viste tú, Carlos se desmayó, y Andrés, en lo que no me explico sino como un acto de cobardía extrema, corrió escalera abajo, escapando en la camioneta de su hermano, fue él quien horas más tarde dio aviso a la policía. Cuando los pacos llegaron al hogar tuvieron que forzar y romper la puerta de la habitación antes de poder entrar, aún no se ha explicado por qué la puerta no cedió, el contorno de ésta parecía ser uno con las vigas, no parecía una puerta, y la madera se mostró tan dura como el cemento, según se contó en la jefatura. Cuando pudieron entrar, te encontraron a ti tendido e inconciente y los paramédicos te trajeron aquí. También encontraron al pastor alemán atravesado y unido al suelo con el hacha, como bien describiste.” Javier tomó aire, no creyó poder contar el resto de la historia con la misma elocuencia que lo anterior y se lo hizo saber a Joaquín por medio de un comentario apenado, éste lo excusó y Javier pudo continuar con un poco menos de presión, pero con la piel erizada, cristalizada y a punto de romperse. “Cerca de la cama estaba Verónica, la encontraron muerta, sin heridas, con las manos cubiertas con la sangre de Carlos, que estaba abierto y sin nada en su interior, junto al velador. Ante ella, sobre la cama, el cuerpo de Pablo rebalsaba en órganos, estos destejían la unión con hilo con el que Verónica debió esmerarse en sellar su creación; las tripas se escapaban a borbotones de entre las fisuras. Yo mismo vi la escena, tengo las fotografías, se supone que debo mostrártelas para corroborar antecedentes, pero no te atormentaré con eso, en mis años de oficio nunca había visto algo así”. “¿Qué ocurrió con el niño?”, preguntó Joaquín, quien había escuchado la historia demasiado “sereno” según la impresión del propio forense. “¿Con Pablo?, nada, su cuerpo fue retirado y…”, “No.”, Joaquín interrumpió, “Pregunto por el otro niño. ¿Qué ocurrió con el otro niño?”. Javier tragó una exclamación que de haberla proferido no habría tenido mayor sentido y para contestar sólo se apegó al protocolo: “No había más niños en el lugar de los hechos, Joaquín, sólo el cuerpo de Pablo. Ni en la escena ni en toda la casa”. “¿Qué?, pero…”, Joaquín titubeó, “¿Y mi esposa? ¡María! ¡Dónde está mi esposa!”, preguntó ahora desesperado y a la misma vez triste, sintió que el corazón se le rompía de antemano. “Joaquín”, retomó el forense, acercándose y posando su mano sobre el hombro de éste, “No había nadie más en la casa. No había rastros de tu esposa, nadie la ha visto desde aquella noche, algunos vecinos dicen que la vieron junto a ti mientras dabas tu paseo nocturno con ella y tu perro, pero nadie más la vio, tampoco encontramos el menor rastro de que ella hubiese podido estar en esa casa alguna vez. Sólo tú, Verónica, Carlos, y tu perro, nadie más”. “Pero, pero.”, susurró Joaquín. Sus cinco décadas se le hicieron presentes todas de un viaje como un cruel recordatorio del tiempo. Pareció abandonar la habitación de una forma mental, su cuerpo repitió objeciones inconclusas, se recostó sobre la cama y fue a perderse en lo más profundo de sus temores y recuerdos. Javier llamó a las enfermeras y éstas a los médicos de turno, nadie pudo hacer volver a Joaquín de la aparente locura en que se hundía entre extensas convulsiones y gritos desgarrados. Nunca pudo lograrlo.

Hasta su muerte muchos años más tarde, internado en el manicomio, repasó una y otra vez sin cansancio el sobrecargado cuadro ante el expuesto aquel miércoles: la madre postrada, suplicante ante su hijo, rellenándolo con ahínco y esperanzas, y más aún, al pequeño hombrecillo, el “otro niño” que bien comentó al forense y que aún en desvaríos se aseguraba a sí mismo haber visto de pie, envuelto en sangre y vísceras, junto a los cadáveres de Carlos y el pastor alemán: un pequeño hombrecillo de no más de un metro y medio que se le acercó de improvisto, que alcanzó su mano y cuyo rostro deforme y ojos tallados en cristal negro lo hizo desmayarse en primer lugar. Aquel rostro desfigurado, de facciones inhumanas como improbables suscitó cada uno de los ataques de terror que Joaquín padeció en toda su estancia dentro de aquel hospital psiquiátrico. La pequeña figura de este misterioso ente se recreaba cada noche, fuera por imaginación o no, en el rincón de su habitación y desde allí lo inspeccionaba, en silencio, quieto, y sonriendo sin poseer boca ni expresión alguna dentro de sus facciones que sobraban y faltaban y que parecían cosidas con el mismo hilo negro con el que Verónica pretendía sellar el rito de resurrección de su hijo. En veinte años en los que agonizó día y noche, Joaquín no recibió visitas de su esposa María, de ella nunca más se supo.

agosto 21, 2009

Martín

-Acá tengo la comida, el baño, un sillón cómodo, televisión, estufita y no pago ni un peso. Además, la María me viene a ver en cada ventana que tiene. Es súper estudiosa. El espacio es grande, no me quejo. Recibo visitantes todo el tiempo, a veces es fome porque me cambian la tele, incluso cuando voy al baño me quitan el asiento, como que les atrae el lugar.

"He notado un par de de personas que vienen con frecuencia, se sientan al frente mío y cuchichean cosas y se ríen. No creo que se rían de mí, no pretendo que piensen que soy un perseguido, pero igual es un poco molesto.

"No, yo no estudio, no soy de acá, por eso siempre ando con mi maleta y mi mochila, si la situación lo requiere y debo cambiarme de lugar -aunque odiaría eso, amo este lugar- puedo salir y llevarme mis cositas sin esforzarme demasiado.

"Lo único malo es que no tengo el control remoto y la tele no se ve muy bien, a veces ni la veo, la enciendo para sentir un ruido solamente, así no me siento tan solo. Lo otro malo del lugar, es que no tengo la ducha, tengo que caminar mucho para llegar a las duchas.

"Sí po', en la noche es complicado porque cuando empiezan a cerrar me tengo que ir a esconder atrás del basurero, luego apagan las luces y cierran la puerta. Ahí me quedo yo. La María me llama para decirme buenas noches y me manda 'besitos de manzanita', así les dice, jaja.

"Posiblemente algún día me vaya definitivamente, aunque no quiero, la vida aquí es muy buena.

"No creo que sea el único que vive así, quizás cada restaurante, cada casino, cada picada, tiene su guarén, yo soy el guarén del casino de la Ufro. Tratamos de pasar inadvertidos, aunque la gente igual nota nuestra presencia. "Este lugar tiene ratas", dicen.

agosto 12, 2009

Clemencia



Sus párpados se transformaron en lágrimas que en complicidad con la lluvia convertían en barrial la posada de cadáveres. La Clementina, acurrucada en sus hombros, ocultaba su rustro entre sus mechas tiesas, la niña casi mujer no delataba su tristeza, pero su dolor se intuía en el aire cuando regalaba una mirada al curita del pueblo tratando de escuchar esas palabras indescifrables que encomendaba el alma de su padre al padre.

Parada en la orilla de la tierra abierta donde un par de tipos feos enterraban el cuerpo de su taita a punta de pala, ella sólo escuchaba el estrépito de su nariz conteniendo su infelicidad, queriendo en silencio que esas viejas zorras que estaban a su espalda dejaran de cantar esas canciones y se fueran. Es más, quería que todos se fueran del lugar, a pesar de la pequeña compañía, quería estar completamente sola. Sin los viejos de las palas, sin las viejas cantadoras y sin el ruido del viento silbando entre las cruces de mármol, quería estar sola con el cuerpo de su padre.

Clemencha, hija venga pa’ acá. Si quiere llorar llore, no oculte su carita.

Ahora su papito esta en las manos de dios.

Cuando allá se pase la lista, cuando allá se pase la lista yo estaré – el coro de viejas secas proclamaba su falsa pena, sólo por un afán de exageración – Mientras tanto yo deseo, Trabajar por el Señor, Comportarme cual soldado bueno y fiel.

La niña no mostraba reacción alguna ante las palabras de la mujer, sola y cabizbajamente seguía su llanto constante y silencioso, hasta que de un salto desenterró los bototos negros que calzaba y caminó donde uno de los tipos que paleaban el hoyo que guardaba la tumba. Extendió su brazo sin palabra alguna y clavando una mirada fría en uno de ellos arrebató con una fuerza masculina su pala. Arremangó su vestidito negro dejando ver su pálida piel de adolescente y con un leve movimiento de cuello, acomodó sus mechas a un lado detrás de uno de sus hombros. Clavó con fuerza la pala en la tierra.

Las miradas atónicas de los presentes se transformaron en expresiones de miedo, los cantos casi apocalípticos se han acabado, todos se miran con pavor pero sin hablar, apenas respirar, ahora, por primera vez, las cantoras sienten pena y dolor, hasta intentan llorar de verdad, la niña tapaba la tumba de su padre con sus propias fuerzas entre gritos y movimientos de desesperación, como era obvio, nadie intentó frenarla puesto que a nadie le importaba nada en este pueblo. Quepe no era el Edén.

La musitada desesperación de la niña gatilló un acto ayuda entre los asistentes, un hombre anciano, el dueño de la pala, se abalanzó sobre la Clementina, y abrazándola por la espalda y susurrándole al oído palabras que al parecer la muchacha no racionaba producto de su descontrol, intentó detenerla logrando sólo romper su propia boca y cubrir con sangre parte del virginal rostro de la muchacha que ahora era una bestia.

Desenredó con fuerza los brazos del hombre y una vez libre corrió entre las tumbas del cementerio. Las hojas que flotaban se abrían paso haciendo un túnel que conducía al camino. Sin pensar dirigió sus pasos a donde estaban pastando los caballos de algunos de los trabajadores, con el pié en el estribo, sentase con las piernas abiertas doblando su falda. Tomó las riendas, golpeo las costillas del animal y cabalgó rápido. Sus ojos eran color venganza y el patrón de su padre los iba a mirar de frente.



julio 23, 2009

Raúl

-Actualizado: Estrenando dibujo y dibujante fija al staff de SG. Ya vendrán más detalles.


-Me cae re mal ese hueón.
La Jose me mira con cara de "este hueón no aprende".
-¿Por qué te cae tan mal?
-Se metió con mi mina.
-Dirás... con tu ex.
-Terminamos ayer.
-Eso lo hace tu ex.
La Jose me cae bien, dice lo que piensa.
-Sigue siendo mi mina.
-OK ¿Se metió con tu ex entonces?

El pasto bajo nosotros comienza a helar; será el clima o que este parque ya no significa lo mismo para mí.
-Sí, lo hizo.
(Sabes que no es cierto. Al contrario: tú la engañaste... y varias veces).
-Mal. Pero sigue siendo extraño viniendo de tu ex... ¿Cómo fue la situación?
-¿A qué te refieres con cómo fue la situación? Se la comió, esa fue la situación.
-Ya, OK. Pero ¿Dónde? ¿Cómo se conocían?
-Ni idea de cómo se conocían, pero atinaron.
-¿Dónde?
-En una fiesta.
-Pero... ¿Fue sólo un beso?
(Muy buena onda será esta mina y amiga tuya, pero su capacidad para apoyar a las mujeres por sobre las cagadas que se mandan me descontrola).
-Sí, ya te dije que se la comió.
-Hueón, en una fiesta todos se comen a todos. Ayer fui a la del Camilo, me comí al Jorge y hasta al mismo Camilo. Igual estaba ebria y había harta gente, pudieron ser más.
(Puta)
-Ya, pero estábamos pololeando y...
-"...y eso no se hace" –Me lo dice de la forma más odiable que pudo encontrar, marcando las comillas con los dedos y todo.
(Hueón, déjate de mentir. Tu ex era una santa, nunca te cagó. Lo sabes bien)
-Sí "se hace" -Le respondo marcando las comillas también, se las devuelvo- de hecho, lo hizo. No debió, a eso me refiero.
-Hueón, es normal que una mina quiera explorar con más minos, hasta con minas, hoy en día.
(Muy "normal" y hasta "común" podrá ser, pero no lo compartes. Además, odias la palabra "explorar". Responde)
-Lo dices por que eres española. "Si todos saben que las españolas son medio putas y liberales".
-Hueón, por última vez, nací en España pero crecí en Santiago. Digo más la palabra "hueón" que tú: Soy chilena.
(En todo caso, le hacías un favor: tú mismo preferirías ser español)
-La hueá es que se la comió. -Prosigo.
-Media hueá.
-Recuérdame no pololear nunca contigo, por favor. No me gustaría que me cagaras... tanto.
-Nunca pololearía contigo, no te preocupes. Pero igual podemos tirar, si quieres. Estás rico.
(Puta)
-Le quiero pegar.
-¿A quién?
-Al hueón po.
-¿Por qué? -Me pregunta alarmada.
-Porque se comió a mi mina.
(Hasta cuándo sigues con eso, si el que se la cagó fuiste tú. ¿Será que mientes para tener una razón para poder desahogarte de tus cagadas golpeando a alguien? ¿Aunque sea una razón falsa?)
-Ex. -Me replica.
-Era mi mina cuando se la comió.
-Esperaba más de ti. Momento ¿Por eso estamos aquí?
-¿Aló? Es la plaza más cercana al liceo, debe estar por salir de clases. Creí que te lo habías imaginado ya, o sea, también esperaba más de ti...
-No seré parte de esto.
La Jose se para y se va. Siempre lo hace cuando algo no le parece, no se queda a rebatir ni a luchar, se lava las manos. Aunque no creo poder culparla: a mí tampoco me gusta hacerle frente a peleas ajenas.
Sigo sobre el pasto. Esperando pero no por mucho más. Es la hora. Comienzan a salir de a poco. Veo minifaldas cubriendo piernas jóvenes y hermosas. Distingo a una que otra conocida y desvío la mirada, no quiero que me joteen. Siento que alguien se acerca por mi espalda. Llevo la cabeza hacia atrás y diviso, justo en frente, bajo una corta falda estudiantil, unas piernas y un calzón con ositos que conozco. La Carla.
(Tu
ex)
-¿Y tú, qué haces aquí? –Me lo pregunta tan tiernamente que la quiero golpear.
Se ve igual de hermosa y tirable que siempre. Está en cuarto medio pero la hice mujer hace bastante. Sigo viendo sus piernas, depravadamente, hasta que se percata y se aparta, arrodillándose a mi lado.
-Ya po. ¿Qué haces aquí? -Insiste, exigiendo explicaciones que no le corresponden, como la chiquilla malcriada que es.
-Hago lo que se me plazca. ¿Qué haces tú aquí?
-Espero al Benja. -Me responde después de una pausa que duró demasiado.
(¿Al hijo de puta que estás esperando? ¿Por qué ella tendría que esperarlo a él?)
-Al... ¿Benja?
-Sí. -Baja la mirada apenada-. Hay algo que debo confesarte, en realidad.
-¡Pues hazlo! -Es inevitable el descontrol.
-Es que es difícil. Me he estado viendo con el Benja... desde hace meses.
(Implosión humana. Te deshaces, te derrumbas. Duele)
-¿Desde cuándo? –Pregunto, sin creérmelo aún.
-Desde la fiesta de la Coté, la que te conté la otra vez.

(¿La fiesta donde le inventaste a la Jose que el Benja se había comido a la Carla? De verdad sucedió. La mezquina mentira se ha convertido en una verdad devastadora ¿Cómo te sientes ahora?)
-Es que me tienes que estar hueveando. -Le replico, víctima de una risa nerviosa que no logro disimular.
-No. Sé que no fui honesta contigo. Pero, no sé. Es un buen tipo, y desde esa fecha que entre tú y yo estábamos teniendo problemas.
-¿Y qué? ¿Tratas de decir que me lo merecía a caso?
(Una teoría interesante)
-No, no pienses así... Simplemente, no resultó, es todo. -Me "aclara"-. Ahora quiero estar con él.
No alcanzo a escuchar lo siguiente que me dice, no me bastan sus palabras: quiero ver sangre correr, sangre enemiga, para algo me ejercito, para algo soy bueno: para repartir golpes a quien se los merece.
Me levanto, a lo lejos veo acercarse al hijo de puta que próximamente será descuartizado por mí.
La Carla se levanta desesperada y me pregunta qué haré.
-Lo que venía a hacer: Una estupidez. -Le respondo-. Pero ahora justificadamente.
(No solemos llevarnos bien tú y yo, pero te apoyo. Hay que golpearlo. Aunque este tonto arreglo de cuentas no valga para nadie más que para ti)
El Benja se acerca, está sólo. Logra contacto visual con la Carla, se hacen señas. Él apresura el paso, sin darse cuenta de mi presencia. Lo espero tranquilo. Dejo que avance a un lado mío y le dejo caer un manotazo en el pecho que lo obliga a retroceder varios pasos. Me mira desconcertado, algo afligido por el golpe.
-Tú eres... ¿Raúl? -Me reconoce. Sus facciones mutan volviéndose cada vez más frías.
No hay necesidad de responder. Llevo mi derecha, lo más fuerte que puedo, directo a su rostro, pero el infeliz me esquiva de lleno.
Me observa, en silencio, aún con duda.
-Raúl. Para ¡Te estás aprovechando! -Me grita la Carla mientras se acerca.

(Es cierto, muy hijo de puta habrá sido al comerse a tu mina, pero este hueón tiene 16 y tú 24)
Además es un enclenque y yo un montón de fibras ejercitadas.

(O de esteroides... Y esquivó tu golpe, no te olvides de eso)
Eso fue sólo suerte. -Concluyo.
-No importa que edad tenga este infeliz. Cuando te metes con la mina de alguien te conviertes en todo un hombre.
Me abalanzo sobre el Benja, aprovechándome a sabiendas de las circunstancias, como un león a su muy inferior gacela... y sólo… para recibir la golpiza de mi vida.
El infeliz sabía karate.

Yazgo inmóvil sobre el cemento. La pequeña multitud que habíamos logrado atraer se retira riendo. No puedo moverme y no veo a nadie alrededor, tampoco a la Carla ni al Benja, se fueron de seguro.
Es como una mala película de Karate kid, pienso, aún extendido sobre el asfalto. Momento, es como una mejor: Esta vez Daniel San le da su merecido al malo, como siempre lo hace, y encima se come a la mina de éste... ¡Mierda! ¡Yo soy el malo musculoso y sin cerebro en esta película!
(Que buena comparación)
-Vaya golpiza que te dieron. -Levanto la vista y veo otras piernas y un calzón que desconozco; esta vez un colaless fucsia que se me insinúa apropósito. Es la Jose.
-En
serio, nunca había visto algo así. Ese Benja tiene que ser cinturón negro o algo.
-Jódete.
-Vaya que eres tonto, si te vengo a ayudar.
Me da la mano y me ayuda a ponerme en pie. Me abraza fuerte.

(Y a ésta ¿qué le picó?)
-Te estuve viendo todo el rato desde lejos. Creí que podías necesitar ayuda. Así fue.
-¿¿Lo sabías??
-¿Que era karateca? Sí... o sea, recuerdo haberlo visto una vez con traje en el centro... pero no creí que fuera para tanto... te habría prevenido, de haberlo sabido. -Se ríe cada vez más fuerte-.
La quiero matar, este infeliz tiene que haberme lastimado las costillas: este dolor que siento no es normal.
-Vamos. -Me dice.
-¿A dónde?
-¿A dónde más? -Me pregunta asombrada-. A beber.

(Me encanta esta mujer. Tal vez no sea mala idea que te la tires)
-Espero que no vuelvas a intentar golpear al Benja otra vez. -Me replica preocupada.
-Por supuesto que lo haré. -Le respondo mientras me seco la sangre de la cara con la manga y mientras me aferro a ella, increíble pero estoy cojeando-. Eventualmente le sacaré la chucha.
Emprendimos camino hacia el bar más cercano.

Ya bebiendo cerveza, sentados, la Jose retoma la conversación.
-Deberías olvidarte de la idea, dejarlo todo como está. –Parece insistir con una empatía que no me termino de creer.
-No puedo. Tengo un montón de motivaciones para sacarle la chucha, y ninguna para no hacerlo...
La Carla calla y piensa brevemente, tararea (Eso hacen las mujeres cuando piensan).
-Si te portas bien podríamos hablar lo del sexo casual de nuevo... Por mi parte, podrías tenerme cómo y cuándo quisieses.
(...Me parece una buena motivación)
...A mí también.


julio 15, 2009

Julio -en honor al mes... no, no es cierto-


-Al principio la quería, de hecho sus cuentos me gustaban caleta. Era divertido porque en sus tallas siempre nombraba algo relacionado con sus cuentos, o a veces fingía ser un personaje de ellos.

“Cuando la loca –haha, perdón por ser tan explícito- no se daba cuenta y los contaba, como te decía, al principio era chistoso, pero después se puso cuática y autorreferente. Después de un mes estando juntos, le dije que era chistoso y todo, pero que no podía pretender hacer su vida en base a cuentos, que nuestra realidad no se parecía mucho a ellos. No me pescó mucho.

“Luego empezó a hablar de sus amigos mafiosos, de que le habían ofrecido ‘apoyarla’ (así dice ella que le decían) si es que los necesitaba. Ella les había contado que había un hombre siguiéndola, y que a veces una mujer lo acompañaba, pero era chama. De hecho una vez estábamos en pleno acto y la llamaron al celu; ella contestó y tuvo una conversación media rara con un tal Cuminao. Después me contó que el Cuminao manejaba todo el narcotráfico de Temuco y tenía una oficina en la Universidad. Yo, de curioso, le revisé el celular, pero la llamada era del 103… las típicas propagandas.

“Cuando cumplimos dos meses, le dije nuevamente que la cortara. Ella dijo que todo lo que me decía era real. Decidí irme a vivir con ella por una semana, así como para ver si era cierta la hueá o no.

“Un día de aquella semana, la encontré mirando por la ventana del baño. Justo daba hacia un terreno que estaba vacío, donde tiraban escombros. Ella me dijo que estaba el tipo mirándola desde ahí. Yo miré y no vi nada, entonces ahí caché que estaba media loca.

“Dos días después me fui de su casa y me encontré con una amiga de ella. Le comenté lo que estaba pasando y me contó que se había alejado de ella por lo mismo. Por ahí, hablando con un amigo, me dijo que debería llevarla a un doctor.

“La llevé, pero el doctor no le encontró nada, dijo que estaba sana. Decidí dejarla porque ya no la soportaba más. Quizás era nuestro humor el distinto.

“Con el tiempo supe que la habían internado en el psiquiátrico. Igual la quise, así que de vez en cuando la visito.

- Vamos, Julio. Es hora de comer – Julio y la enfermera se pararon- ¿Y? ¿Te vino a ver tu novia?

- ¡Pero Chalita! Tú sabes que soy yo el que va a verla.

julio 11, 2009

Alpha


En un año no especificado después de la llamada Masacre en La Frontera, donde zombies atacaron las dependencias de dicha universidad, los sobrevivientes; estudiantes de algunas carreras de salud junto potenciales ingenieros, tomando como base genética la configuración de Roberto, un osado estudiante de Periodismo que logró exterminar a los zombies, crearon una plataforma para manipular genéticamente las futuras generaciones.


Así cada 20 años, el o la estudiante más aventajada tomaba el desafió de crear la nueva generación. Eligiendo un nombre de la generación y el porcentaje de herencia genética de cada uno de los sobrevivientes de dicha masacre. Hortensia, una gran profesora de la plataforma UFRO, impulsada por sus fantasías sexual de poseer a Roberto, aquel héroe terrenal casi mitológico salvador de toda una raza, intenta realizar un experimento para volverlo a la vida, como una suerte de reencarnación manipulada. De esta forma en la creación de los Alphas esta casi apunto de lograrlo, pero no sabe la cagaita que dejará por caliente la muy zorra.

*fotografía robada a Ydrasil del gran Jorge Baradit


-Avísame cuando me abandones. Alpha –Musitó la mejor docente de la plataforma UFRO al mejor alumno en una dicotomía casi perfecta. Luego cerró los ojos para seguir con la rutina pasiva que, según ella, la mantendría ocupada placenteramente muchas horas más. Lo cual no fue así.

-Lo siento, pero me retiro – Dijo de pronto, dejando caer la rodilla de su profesora-amante. –Creo que esta muestra, sentenció sus dudas. ¿O no Señora Hortensia? -.

La habitación de Hortensia era el lugar que cualquier estudiante como Alpha hubiera deseado para disfrutar el calor del sol y de sus respectivas lunas con una mujer de verdad. El hecho de pensar que lo acababa de lograr hinchaba más el pecho del recién vestido y saber que esa última aseveración era cierta, lo facultaba para hablar con tal autoridad y de forma tan amenazante.

-Sí, debo admitir que su aporte fue de gran ayuda para mi estudio. Pero nuestra generación se debe a lo milenario. Y yo esperaba cerrar este humano rito con el acto milenario de acabar. Respondió la mujer, de pié y desnuda, convertida en una silueta casi transparente gracias a la alborada que se filtraba entre el gran ventanal de metal que daba al nuevo cerro y a la nada. El último piso era para los primeros; para la Elite de la plataforma UFRO.

-Usted acabó, señora Hortensia.

-No fue así.

-Si lo fue. Puede ser una experta en la reconstrucción de la nueva raza humana tras la masacre de la Frontera. Pero admita que es una de las pocas 100% humanas.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Que no puede controlar sus emociones. Y su rostro hablaba por si solo.

-Tienes razón. Tu gran nivel de raciocinio sólo puede decir una cosa… –dijo la mujer introduciendo sus dedos entre el segundo y el tercer botón de la camisa del joven en un coordinado movimiento con sus labios, ya rozando los de Alpha.

-… Qué por eso soy el mejor alumno de mi generación - Arremetió sin esperar el complemento del discurso de hortensia.

-Sólo puede decir que yo soy la mejor. Y qué hago bien mi trabajo. Yo manipulé los genes de tu generación Alpha. No lo olvides.

-Entonces goce de sus logros, Señora Hortensia. Debo irme.

-Eso es lo que acabo de hacer, gozar de mis logros. En orgasmos de mi propia creación.

-Consígase otro Frankestein. No aportaré más en sus “estudios”, si no me dice de qué se tratan.

-Ya lo sabrás Alpha. Créeme, ya lo sabrás.

Alpha caminó hacia la salida, miró hacia atrás para volver a observar la habitación en su máxima expresión; donde la tecnología, lo artificial y la natural, lo primitivo se intercomunicaban en un universo semántico hermoso:

Hortensia de pie junto al ventanal observando como las micronaves construían en el cerro Ñielól otro nivel de la plataforma UFRO, mientras que hologramas de trabajos sobre genética humana rodeaban su cuerpo, como un arco iris de desnudos en miniaturas bailando en el aire.

Contempló esa postal un par de segundos, antes que hortensia girara su cabeza para despedirlo con una sonrisa disfrazada de desprecio. Lo que lo llevó a cerrar la puerta por fuera mecánicamente sin decir nada.

Hortensia al observar como el joven se iba, cambió los hologramas que ambientaban la habitación en una científica velada de sexo. Los concentró en la pared con movimientos de brazos, riendo y moviendo sus caderas. Una vez hecho el círculo de comunicación tapó con una bata de seda su armónico cuerpo de adolescente genéticamente manipulado. Y gritó la palabra “Decano”.

Espero que sean buenas noticias Hortensia.

¿Quién es tu científica favorita?

Al verte semidesnuda deduzco que seguiste con tu enfermizo plan del gen de perfección sexual.

Gen de infinidad sexual. Y sí, sigo con mi plan.

¿Cuántos Alphas te tiraste? O también te acostaste con todas las generaciones para dar con el indicado.

Sólo me acosté con uno. y mi proyecto es mucho más perfecto de lo que crees, sólo puse el gen de la infinidad sexual en el molde genético para que sólo 1 alpha lo obtenga. Para que sólo el indicado sea ínfimo; el próximo Roberto.

Estás loca hortensia. Tu plan falla en un detalle hortensia. El molde genético es genérico. Así que más de un alpha es ínfimo. Haz la prueba, acuéstate con todos y verás que más de uno es ínfimo.

No me subestimes.

Yo manipulé tus genes Hortensia. No lo olvides.

Pero ahora estamos en el mismo nivel.

Yo te creé, hortensia. No lo olvides.

Te dejo Decano. Debo seguir cogiéndome a los Alphas.


junio 29, 2009

Jeremy (Guarén Invitado)

Por Guillermo Muñoz*

Jeremy (34) dijo que no sabía si volvería esa noche. También se lo dijo a su madre mientras sacaba dos frascos de valium y se los dejaba sobre la mesa en la cocina. Como siempre, ella no lo miró. “Ándate, maricón, mal hijo”, le gritó a Jeremy encendiendo con dificultad un derby rojo. Estaba tan ebria desde el jueves, como era su costumbre cuando se pagaba en la caja.

Eran las nueve de la noche, pero aún el aire estaba tibio, hizo mucho calor esa tarde de enero. Jeremy conducía su taxi Honda por la avenida Martín Fierro. En la radio sonaba won't get fooled again, de The Who. Con cada vibración psicodélica en sus sentidos, Jeremy golpeaba con sus dedos el manubrio a la par con el sonido de la batería, la avenida estaba casi vacía de vehículos. Al entrar por santa teresa estacionó su taxi en un servicentro y compró una cajetilla de viceroy rojo para la noche, encendió el letrero Libre y ahí se quedó largo rato fumando y esperando a que algo pasara. En el boletín de la radio local se mencionaba a una joven identificada como Clara Ruiz Sandoval, de diecisiete años. La encontraron muerta en la carretera rumbo a cajón bajo. Había sido violada y extrangulada. Solamente llevaba puesto sus bluejeans a medio subir. Tenía las muñecas atadas hacia atrás en los tobillos, lo que la deformaba grotescamente. Según el fiscal Esquivel, a cargo de las investigaciones, la joven no presentaba huellas de tortura ni de golpes, pero si se podía hablar de una violación por los tres conductos, es decir, que no solo fue violada anal y vaginalmente, sino también por la boca, pues fueron encontrados restos de semen en la garganta.

Jeremy apagó la radio del auto y lanzó el cigarrillo por la ventana. Una pareja de gringos (hombre y mujer) vestidos con gorros nortinos, poleras blancas, pantalones cortos y bototos cafés (ambos de la misma manera) se acercaron al taxi, le dijeron ¡hola! y le pasaron una tarjeta que decía: Gran Hotel Continental. -Nos dijeron que queda cerca de mercado,-le dijo uno de ellos con cierta dificultad. -Estos gringos culiaos son más hueones- pensó Jeremy. “Yes, non problemo, came here, yo los llevo”, les dijo con una sonrisa.

Una vez en marcha los extranjeros sacaron un mapa turístico, a ratos le preguntaban a Jeremy cosas estúpidas sobre la ciudad, cosas como si había muchos Mall o si el Mercado Municipal era bonito. Este consultó su reloj cuando eran apenas las diez y media. Aun a esas horas hacia un calor insostenible en el aire, por lo que accionó el ventilador del taxi, algo de brisa para una noche en el infierno.

-¿Es cierto que aquí matan mujeres jóvenes, las violan y eso? –preguntó intrigada la mujer a Jeremy.

-Así parece, pero en todas partes es así, es algo normal. –respondió con indiferencia.
-¿Semejante aberración le parece normal? –inquirió el hombre.

-No, no tanto así como normal, mister, pero quédese un año por aquí y me va a encontrar la razón.

Jeremy los dejó en la entrada del Hotel Continental, no llevaban maletas, solo dos mochilas grandes. Prendió un cigarrillo y volvió a encender la radio, estaban dando el programa análisis post mortem de la región, donde analizaban los casos de las 17 jóvenes asesinadas y violadas desde principios de año, además del cuerpo mutilado de Carlos Rafael Toro, de veintidós años, estudiante de Ingeniería Ambiental de la Universidad Francisco Osorio, y pareja de una de las víctimas, que fue encontrado, por partes, en un terreno eriazo cercano al fundo Santa Estela, camino a rancha negra.
“Se toman todo el asunto con demasiado sensacionalismo, estos periodistas de mierda”, se dijo Jeremy, molesto.

Jeremy desde los ocho años soñaba con ser periodista e investigar sucesos extraños, y dar golpes a los malhechores como en Miami Vice, todo un sueño sudamericano. Pero su madre alcohólica, Nolfa Brito Brito, nunca se lo permitió. Su padre, cabo segundo del ejército que murió de cáncer a los páncreas, aspiraba a que su hijo fuera mecánico y trabajara en una vulcanización, porque esa era una pega de hombres.
-Si estos periodistas son todos unos maricones, el único que salva es ese Julio López Blanco - le decía su padre con voz rasposa cuando Jeremy lo acompañaba a la posta.

Ahora conducía su Honda por calle Ernesto Cardenal, se dirigía a la zona norte, lo hacía a gran velocidad mientras fumaba el octavo cigarrillo después de las once. Tenía pensado darse una vuelta por el barrio de las putas, siempre lo hacía. Más que un barrio, se asemejaba a una aldea hot, un agujero rojo de comercio sexual, una ciudad dentro de una ciudad.

Jeremy era conocido en el sector, no era un mal cliente, amable, pagaba bien y eso con el tiempo las putas lo agradecen.

Una vez dentro, condujo lentamente por las calles observando la apetecible jungla erótica a su alrededor, al fin por primera vez comprendió por que hacia tanto calor en la ciudad por esas horas de la noche. A mitad de cuadra encontró a una colombiana mediana y con buenas formas, se llamaba Rosario Gaitán (25), Jeremy apenas la conocía, le hizo señas y ella se acercó.


-Dime cuánto pides y te diré quién eres -dijo Jeremy.

-Veintisiete mil la hora, por ser lunes -respondió.

-No está mal, pero te quiero más de una hora. Cuarenta lucas las dos horas, ¿te parece?
-Vale corazón, te conozco, dicen que eres bueno.

-Súbete mejor.

-¿Adonde me vas a llevar? –le preguntó Rosario una vez dentro del taxi.

-A mi casa. Bájame el cierre, quiero que me lo ensalives bien.

-Sí, corazón.


Dos horas y media después, Jeremy y Rosarito estaban bien encamados como perros en la pieza de éste. Rosario elevó su mirada al cielo, se contrajo, gritó, gimió y se mojó más de lo suficiente hasta decir basta papito. Era la primera vez que un hombre se lo hacia de esa forma, el orgasmo le duró sus veinte históricos segundos y a la otra pierde la cadera. Jeremy no se había ido todavía, pero la puta ya no se podía más el cuerpo, así que decidió acabar sus penas sobre la espalda dorada de la muchacha.
Cinco minutos después Jeremy y Rosario fumaban a oscuras en la pieza, los iluminaba la luz de la noche por la ventana.


-Esta no se la voy a cobrar- le dijo a Jeremy.

-No pasa, es tu pega, vives de esto.

-¿Usted nunca pensó en ser actor porno, corazón? Que usted es un animal.

-Si hubiera sido actor porno lo habría hecho por deporte nomás. En los setenta había uno que me gustaba; John Holmes, veintiocho centímetros y medio. ¿Lo conociste?
-No corazón.

-El compadre murió de sida.

-Una lástima.

-Si. Le pasa a los mejores de la raza. Por eso nunca quise ser actor de porno.

-¿Y qué quisiste ser, corazón?

-Periodista, pero terminé manejando un taxi. –Jeremy apagó el cigarrillo y se dispuso a vestirse. En eso sonó el teléfono de la casa. Jeremy bajó las escaleras y contestó. Era Lucía.

(*) Guillermo es estudiante de Periodismo, a su corta edad ya ha tenido varios logros literarios y un amor excepcional por la poesía y los cuentos cochinos. También tiene Facebook.