-Acá tengo la comida, el baño, un sillón cómodo, televisión, estufita y no pago ni un peso. Además, la María me viene a ver en cada ventana que tiene. Es súper estudiosa. El espacio es grande, no me quejo. Recibo visitantes todo el tiempo, a veces es fome porque me cambian la tele, incluso cuando voy al baño me quitan el asiento, como que les atrae el lugar.
"He notado un par de de personas que vienen con frecuencia, se sientan al frente mío y cuchichean cosas y se ríen. No creo que se rían de mí, no pretendo que piensen que soy un perseguido, pero igual es un poco molesto.
"No, yo no estudio, no soy de acá, por eso siempre ando con mi maleta y mi mochila, si la situación lo requiere y debo cambiarme de lugar -aunque odiaría eso, amo este lugar- puedo salir y llevarme mis cositas sin esforzarme demasiado.
"Lo único malo es que no tengo el control remoto y la tele no se ve muy bien, a veces ni la veo, la enciendo para sentir un ruido solamente, así no me siento tan solo. Lo otro malo del lugar, es que no tengo la ducha, tengo que caminar mucho para llegar a las duchas.
"Sí po', en la noche es complicado porque cuando empiezan a cerrar me tengo que ir a esconder atrás del basurero, luego apagan las luces y cierran la puerta. Ahí me quedo yo. La María me llama para decirme buenas noches y me manda 'besitos de manzanita', así les dice, jaja.
"Posiblemente algún día me vaya definitivamente, aunque no quiero, la vida aquí es muy buena.
"No creo que sea el único que vive así, quizás cada restaurante, cada casino, cada picada, tiene su guarén, yo soy el guarén del casino de la Ufro. Tratamos de pasar inadvertidos, aunque la gente igual nota nuestra presencia. "Este lugar tiene ratas", dicen.
Sus párpados se transformaron en lágrimas que en complicidad con la lluvia convertían en barrial la posada de cadáveres. La Clementina, acurrucada en sus hombros, ocultaba su rustro entre sus mechas tiesas, la niña casi mujer no delataba su tristeza, pero su dolor se intuía en el aire cuando regalaba una mirada al curita del pueblo tratando de escuchar esas palabras indescifrables que encomendaba el alma de su padre al padre.
Parada en la orilla de la tierra abierta donde un par de tipos feos enterraban el cuerpo de su taita a punta de pala, ella sólo escuchaba el estrépito de su nariz conteniendo su infelicidad, queriendo en silencio que esas viejas zorras que estaban a su espalda dejaran de cantar esas canciones y se fueran. Es más, quería que todos se fueran del lugar, a pesar de la pequeña compañía, quería estar completamente sola. Sin los viejos de las palas, sin las viejas cantadoras y sin el ruido del viento silbando entre las cruces de mármol, quería estar sola con el cuerpo de su padre.
Clemencha, hija venga pa’ acá. Si quiere llorar llore, no oculte su carita.
Ahora su papito esta en las manos de dios.
Cuando allá se pase la lista, cuando allá se pase la lista yo estaré – el coro de viejas secas proclamaba su falsa pena, sólo por un afán de exageración –Mientras tanto yo deseo, Trabajar por el Señor, Comportarme cual soldado bueno y fiel.
La niña no mostraba reacción alguna ante las palabras de la mujer, sola y cabizbajamente seguía su llanto constante y silencioso, hasta que de un salto desenterró los bototos negros que calzaba y caminó donde uno de los tipos que paleaban el hoyo que guardaba la tumba. Extendió su brazo sin palabra alguna y clavando una mirada fría en uno de ellos arrebató con una fuerza masculina su pala. Arremangó su vestidito negro dejando ver su pálida piel de adolescente y con un leve movimiento de cuello, acomodó sus mechas a un lado detrás de uno de sus hombros. Clavó con fuerza la pala en la tierra.
Las miradas atónicas de los presentes se transformaron en expresiones de miedo, los cantos casi apocalípticos se han acabado, todos se miran con pavor pero sin hablar, apenas respirar, ahora, por primera vez, las cantoras sienten pena y dolor, hasta intentan llorar de verdad, la niña tapaba la tumba de su padre con sus propias fuerzas entre gritos y movimientos de desesperación, como era obvio, nadie intentó frenarla puesto que a nadie le importaba nada en este pueblo. Quepe no era el Edén.
La musitada desesperación de la niña gatilló un acto ayuda entre los asistentes, un hombre anciano, el dueño de la pala, se abalanzó sobre la Clementina, y abrazándola por la espalda y susurrándole al oído palabras que al parecer la muchacha no racionaba producto de su descontrol, intentó detenerla logrando sólo romper su propia boca y cubrir con sangre parte del virginal rostro de la muchacha que ahora era una bestia.
Desenredó con fuerza los brazos del hombre y una vez libre corrió entre las tumbas del cementerio. Las hojas que flotaban se abrían paso haciendo un túnel que conducía al camino. Sin pensar dirigió sus pasos a donde estaban pastando los caballos de algunos de los trabajadores, con el pié en el estribo, sentase con las piernas abiertas doblando su falda. Tomó las riendas, golpeo las costillas del animal y cabalgó rápido. Sus ojos eran color venganza y el patrón de su padre los iba a mirar de frente.